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viernes, 2 de diciembre de 2016

Varanasi


La energía de Varanasi te atrapa. Enlentece los pasos. Abre el corazón. Y aquieta la mirada.

D. me contó que los elefantes del Serengueti van a morir al Kilimanjaro. Que sintiendo que llega su hora, hacen el largo camino que les lleva hasta allí.
En India el camino al Kilimanjaro termina en Varanasi. Los hindúes creen que si mueren en esta ciudad sagrada y sus cenizas son arrojadas a las aguas del Ganges salen de la rueda del samsara y no sufrirán más reencarnaciones.
El Ganges es sagrado. Reposaba sobre la cabeza de Shiva hasta que este se lo arrancó para aplacar las súplicas de los hombres. Raji me explicó que es el alma de nuestros ancestros.
Pero la magia de Varanasi no es solo mitos y tradición. Es la vida que fluye en la que supuestamente es la ciudad de la muerte. Todo se mueve sin descanso.
De mañana, las azoteas se llenan de risas y de ratos de desayuno. Los ghats se visten de color  con los sarees secándose al sol. Hombres, mujeres y niños se sumergen en la orilla de un agua oscura, se lavan, hacen su colada. Los bici-rickshaws en la calle principal y los sanyasis en hilera piden limosna. Verduras y frutas en orden y desorden en los puestos del mercado. En las callejuelas conviven motocicletas, puestos de chai y de comida, vacas, viandantes, marchas fúnebres y mendigos. Los jóvenes se reúnen para jugar al cricket en las orillas del Ganges ajenos a -o tal vez muy conscientes de- las ceremonias que se celebran a menos de 500 metros. Parejas de recién casados, el joven que lleva a su esposa con un nudo en su vestido de novia. 
Sentarse en los escalones de cualquier ghat es leer decenas de historias que se cruzan en una sola tarde. Los botes navegan entre la neblina y la suave luz encarnada se refleja en el agua al caer el Sol. El viento se contagia del sonido de las campanas en la pooja de la tarde y las luces de las deepas flotando en el río parecen luciérnagas a la noche. Luego, el silencio en las calles estrechas, oscuras y laberinticas.

Un sanyasi en Varanasi me dijo que yo era como Ganga Devi (el río Ganges).


martes, 20 de septiembre de 2016

Pooja

Mi vecina Adyama, la cabrera, me ha adoptado. Quién sabe por qué extraña razón hace numerosos intentos de enseñarme telugu y de acercarme a sus tradiciones. Domingos y festivos he de pasar por su casa a tomar chai o a comer arroz o dulce.
Hace algunas semanas me llevó con ella al templo que hay al otro lado de la carretera en el pueblo. Me pidió que me duchara y sobre todo que me lavara la cabeza antes de ir. Me trenzó el pelo y me puso flores en el coletero.
El lunes la pooja o bendición que se hace a Shiva es especial. Es el día de la cobra y la cobra es el símbolo de Shiva. Un coco, flores de jazmín, incienso y hojas de betel son ofrenda suficiente. Durante la pooja la gente se arremolina alrededor del altar mientras los sadhus dibujan círculos alrededor de la imagen del dios, rompen los cocos y encienden fueguitos. Suenan campanas, tambores y platillos, tan fuerte que te invaden por completo y aceleran el ritmo cardíaco.
Casi siento el fuego en la piel cuando acerco las palmas, pero no quema. Luego por tres veces llevo las manos a los ojos cerrados y siento el calor en los párpados. Es extraño, pero agradable.
Solo con mi mano derecha puedo recoger de vuelta algunas de las ofrendas que se han bendecido durante la pooja y seguidamente doy con Adyama la vuelta al templo varias veces siempre en el sentido de las agujas del reloj.
Lo que más me gusta de los templos hindúes son los árboles sagrados. El que hay en este templo tiene un tronco robusto rodeado de cordones y lazos de colores, con bangles que cuelgan de algunos de ellos. Aquel lunes además quedaba al abrigo de la luna dibujando cálidas sombras.
Allí nos sentamos Adyama y yo comiendo garbanzos que un sadhu de lunghi blanco nos dio al salir del templo. Una anciana con el rostro cubierto de ásperos surcos y los ojos llenos de telarañas se sentó con su vara junto a mí y me dio la mano.  Con la sonrisa desdentada y el sari colgando sobre sus huesos frágiles me acarició la cara.
- Ma papa- me ha dicho, algo así como "mi pequeña", en telugu.
Yo le toqué la cara y me llevé la mano al corazón, como hacen los hindúes cuando se acercan a las cosas sagradas. No hay gesto que más me guste de su religión.
Adyama me dijo después que es una de las mujeres más ancianas y más sabias del pueblo.


miércoles, 27 de julio de 2016

Flor de loto

La flor de loto es uno de los símbolos nacionales de India. Representa la belleza, el crecimiento espiritual, la renovación. Los propios dioses hindúes emergen de esta flor.
El otro día observé que el hombre que recoge la basura en Main Office llevaba una flor de loto en el manillar de su bicicleta. Muy blanca. María me contó que el loto nace en el barro, sus pétalos se abren durante el día y se cierran a la noche para mantenerse limpia y pura.
Que esta flor sea el símbolo de la India no me parece nada raro. A veces digo que este lugar es como un tesoro enterrado en una gran moñiga de vaca sagrada. Para encontrar toda su belleza hay que ensuciarse las manos. Pero si lo haces, si prestas atención y si tienes paciencia, encuentras los atardeceres, las risas de los niños, el tacto de los saris, la generosidad, el gesto cansado pero firme de los ancianos, la inocencia, los templos escondidos, la resonancia de una campana, la simplicidad, una naturaleza salvaje, silencio en medio del caos, supersticiones mágicas, cooperación, colores intensos, el tintineo de unos cascabeles en los pies, la lluvia del monzón, mariposas en las manos, la vida que se abre paso.



lunes, 21 de marzo de 2016

Supersticiones

En Maha Shivaratri que fue hace unas semanas, coincidiendo con la última Luna Nueva, los hindúes pasaron la noche sin dormir, al menos los más creyentes. Esa noche, dicen, la Luna baja a la Tierra para celebrar el amor entre Shiva y Parvati (dos de los dioses más importantes del panteón hindú). Es por eso que cualquier forma de oración o meditación es entonces más efectiva, puesto que el ser humano no está bajo la influencia de la Luna. Los practicantes del hinduismo rezan, cantan y hacen pujas en Shivaratri. Para hacer una puja hay que limpiar muy bien la casa y tomar un baño. De no ser así, sería una falta de respeto a lo divino.
Este año, la celebración de Shivaratri terminó con un eclipse de Sol de madrugada. Nadie mejor que los hindúes para explicar este fenómeno a un niño. Raji me dijo que aquella mañana una cobra se había tragado el Sol y por eso se había producido un momento de oscuridad total. Sabiendo esto, a nadie se le ocurre discutir que las horas posteriores a este acontecimiento los rayos de Sol sean perjudiciales para los seres más puros. Las vacas, las embarazadas, los niños o los ancianos no pueden salir a la calle, pero tampoco está recomendado para algunas personas según su horóscopo. Por eso, de camino a casa solo me encontré aquel día puertas cerradas y silencio en el camino en el que diariamente tengo que saludar diez o doce veces y repetir diez o doce veces que no tengo caramelos.
La Chandramama, la Luna, y Surya, el Sol, no son los únicos blancos de superstición. Tampoco las salamanquesas pueden tocarte la piel y mucho menos la cabeza. Una mañana una salamandra cayó encima de mí al abrir la puerta de casa. Una de esas grandes que casi parecen dragones. Cuando se lo conté a Raji, ella se tapó la boca presa de pánico.
- ¿Qué hiciste?- preguntó.
- Asustarme y gritar- respondí.
- Pero, ¿qué hiciste después?- insistió.
No supe qué decir. Supongo que seguiría mi vida normal, me quitaría las sandalias y encendería el ventilador de la habitación. Sin embargo, esa no era la respuesta que ella esperaba. Raji me contó que debería haberme dado un baño y haberme ungido con aceites para evitar la mala suerte. Todo muy loco.
Aquí evitan el mal de ojo dibujando a los bebés un punto negro en la frente y en la mejilla y a las personas en la palma de la mano y la planta del pie. La derecha, si eres hombre; la izquierda, si eres mujer. Y cuando estás enfermo te limpian el aura al atardecer con la tierra del camino y las hojas de una planta que no reconozco bien y que luego tienes que saltar tres veces con el sari o el lungui recogido.

Dentro de todo este lenguaje, yo tengo una superstición favorita, es el gesto sin palabras más mágico de todos, articulado únicamente por el tacto. Ese momento en que los hombres y las mujeres tocan los objetos con la mano derecha y se la llevan a la frente y al corazón, especialmente a las cosas o las personas que consideran sagradas, porque de esta manera se llenan la mente y el corazón con la energía transparente de lo divino.

domingo, 21 de febrero de 2016

Sobre la reencarnación

Aquí en el Sur de la India he visto tatuadas a muchas mujeres tres puntos en el dorso de la mano, justo en el ángulo entre el dedo pulgar y el anular. Durante muchos meses me pregunté el por qué de esta extraña costumbre. Raji me lo explicó un día. Los hindúes creen en la reencarnación en una rueda sin fin, el Samsara. El objetivo final de todo hindú es salir de la rueda, perfeccionarse, limpiar y liberar su alma.  Para los hinduistas, la vida son lecciones que aprender y lo que sucede en cada vida es resultado de las acciones de vidas anteriores. Su religión ofrece varios caminos para conseguirlo: el sendero del conocimiento interior (jnana-marga), el sendero de la acción o de los trabajos apropiados (karma-marga) y el sendero de la devoción a Dios (batí-marga). Son estos mismos senderos, simbolizados por cada uno de esos puntos, los que marcan curiosamente las diferentes disciplinas del yoga.
Si entiendes este concepto, no te parece tan extraño el carácter afable de los indios, su trabajo incansable, el vegetarianismo, las pujas y las visitas al templo, su predisposición siempre a ayudar, la sincera aceptación ante sus diferentes circunstancias y problemas o la vida de los sadhus.

- Raji, según tu religión, ¿existen otras vidas? Siempre me ha interesado mucho esta idea.
Asiente con la cabeza a la manera india.
- Entonces tú y yo hemos sido tal vez hermanas en otra vida. Por eso estoy aquí.
Me mira y noto cómo brillan sus ojos castaños. Como cuando va a decirme algo muy importante.
- Actually, Gema, no siempre nos reencarnamos en otra persona.
Rápidamente pienso en un animal que me divierta, algo en lo que pudiera reencarnarme.
- Ajá, pues si volviera a nacer me gustaría ser, por ejemplo, una lagartija.
Raji sonríe, de una manera que hace tiempo reconozco. No comprende mi humor y piensa, quizá, que no sé que reencarnarme en una lagartija sería cosa de muy mal karma.
- No, Gema, las lagartijas son muy vagas.
- ¿Y qué tiene de malo echarme a tomar el sol en alguna roca en el campo? En esta vida estamos trabajando mucho, Raji -le digo y le guiño un ojo con complicidad.
Ahora suelta una carcajada.
- No, Gema, that is not good.
- Bien, entonces, creo que ya sé lo que querría ser. Sería un árbol. Porque un árbol puede disfrutar de muchas sensaciones: la lluvia cuando cae, el viento cuando sopla. Además da sombra y cobijo a otros animales. Sí, sería un árbol con hojas verdes que brillaran al sol y con raíces fuertes. ¿Y tú?
- Yo sería un pájaro, Gema. I want freedom.
Ha entendido que estaba hablando de una reencarnación muy diferente a aquella de la que habla su cultura.
- No sería una mala opción. Uno que pudiera volar a lugares distintos lejos de aquí.