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jueves, 22 de junio de 2017

La estación de tren

Las estaciones de tren en India; llenas de todo y de nada, vacías de compasión, pero llenas de cuerpos fatigados, de chais y paquetes de galletas, de vagones oxidados, de carteles ilegibles, de bolsas de viaje (bolsas en el sentido literal), de mendigos, de niños hambrientos, de wáteres insalubres...

Arundathi Roy las describe así en un fragmento de «El dios de las pequeñas cosas».

«Ruidos de estación resonando.
Vendedores ambulantes de café. De té.
Niños demacrados, rubios, malnutridos, vendiendo revistas obscenas y coida que ellos no se podían permitir comer.
Chocolatinas derretidas. Cigarrillos de caramelo.
Naranjadas.
Limonadas.
Coca-Cola.Fanta. Helado. Batido.
Muñecas de piel de color rosa. Sonajeros. "Amores-en-Tokyo".
Periquitos de plástico llenos de caramelos con cabezas que se podían desenroscar.
Gafas de sol rojas con la montura amarilla.
Relojes de juguete con la hora pintada.
Un cargamento de cepillos de dientes defectuosos.
La estación Término del Puerto de Cochín.
Gris bajo las luces grises. Gente hundida. Sin techo. Hambrientos. Aún bajo los efectos de la última hambruna. Con su revolución propuesta, de momento, por el camarada E.M.S. Namboodiripad (Títere Soviético, perro del Gobierno). La antigua niña de los ojos de Pekín.
El aire estaba plagado de moscas.
Un ciego sin párpados, con los ojos tan azules como unos vaqueros gastados y la piel plagada de marcas de viruela, charlaba con un leproso al que le faltaban los dedos, mientras daba chupadas con gran destreza a unas colillas sacadas de entre un montón de basura que había al lado.
- ¿Y tú? ¿Cuádo viniste a vivir aquí?
Como si hubieran tenido la posibilidad de elegir. Como si hubieran escogido aquello como hogar entre una amplia colección de elegantes terrenos edificables en un catálogo de papel satinado.
Un hombre sentado sobre una balanza roja se quitó la pierna artificial (de rodilla para abajo) que tenía pintada una bota negra y un calcetín blanco. La pantorrilla hueca y abombada era de color rosado, como deben ser las pantorrillas que se precien (¿por qué repetir los errores de Dios al recrear la imagen humana?). Dentro de ella guardaba su billete. Su toalla. Su vaso de acero inoxidable. Sus olores. Sus secretos. Su amor. Su locura. Su esperanza. Su júbilo infinito. El pie de verdad estaba descalzo.
Compró un poco de té para llenar su vaso.
Una señora anciana vomitó. Un charco lleno de grumos. Y siguió su vida.
El mundo de la estación. El circo social. Donde la desesperación, con la locura del comercio, se iba volviendo en contra y, poco a poco, se convertía en resignación».

martes, 20 de septiembre de 2016

Pooja

Mi vecina Adyama, la cabrera, me ha adoptado. Quién sabe por qué extraña razón hace numerosos intentos de enseñarme telugu y de acercarme a sus tradiciones. Domingos y festivos he de pasar por su casa a tomar chai o a comer arroz o dulce.
Hace algunas semanas me llevó con ella al templo que hay al otro lado de la carretera en el pueblo. Me pidió que me duchara y sobre todo que me lavara la cabeza antes de ir. Me trenzó el pelo y me puso flores en el coletero.
El lunes la pooja o bendición que se hace a Shiva es especial. Es el día de la cobra y la cobra es el símbolo de Shiva. Un coco, flores de jazmín, incienso y hojas de betel son ofrenda suficiente. Durante la pooja la gente se arremolina alrededor del altar mientras los sadhus dibujan círculos alrededor de la imagen del dios, rompen los cocos y encienden fueguitos. Suenan campanas, tambores y platillos, tan fuerte que te invaden por completo y aceleran el ritmo cardíaco.
Casi siento el fuego en la piel cuando acerco las palmas, pero no quema. Luego por tres veces llevo las manos a los ojos cerrados y siento el calor en los párpados. Es extraño, pero agradable.
Solo con mi mano derecha puedo recoger de vuelta algunas de las ofrendas que se han bendecido durante la pooja y seguidamente doy con Adyama la vuelta al templo varias veces siempre en el sentido de las agujas del reloj.
Lo que más me gusta de los templos hindúes son los árboles sagrados. El que hay en este templo tiene un tronco robusto rodeado de cordones y lazos de colores, con bangles que cuelgan de algunos de ellos. Aquel lunes además quedaba al abrigo de la luna dibujando cálidas sombras.
Allí nos sentamos Adyama y yo comiendo garbanzos que un sadhu de lunghi blanco nos dio al salir del templo. Una anciana con el rostro cubierto de ásperos surcos y los ojos llenos de telarañas se sentó con su vara junto a mí y me dio la mano.  Con la sonrisa desdentada y el sari colgando sobre sus huesos frágiles me acarició la cara.
- Ma papa- me ha dicho, algo así como "mi pequeña", en telugu.
Yo le toqué la cara y me llevé la mano al corazón, como hacen los hindúes cuando se acercan a las cosas sagradas. No hay gesto que más me guste de su religión.
Adyama me dijo después que es una de las mujeres más ancianas y más sabias del pueblo.


sábado, 25 de junio de 2016

Pequeñas cosas cotidianas extraordinarias


- Llegar del mercado de la fruta y que un mono te robe la bolsa de sandías y te enfades mucho. Llamarle cabrón. Que se le pongan los pelos de punta y te grite. Que se lleve tu sandía.
- Encontrar una mantis en el porche de casa y que te mire frente a frente con ojos grandes de alienígena.
- Atravesar una calzada sin carriles con rickshaws y motos y bicicletas paso a paso, despacio y sin sobresaltos, mientras el tráfico te esquiva.
- Tener que avisar al vecino de que tienes una culebra en casa de pequeño tamaño, pero aspecto poco amigable.
- Que te cornee una vaca mientras paseas por la ciudad.
- Enrollarte en una tela de saree para acudir a una fiesta y enjoyarte como una princesa.
- Que los niños del pueblo corran detràs de tu bicicleta haciendo rodar con un palo ruedas de neumàtico y riendo a carcajadas.
- Que la vecina te ofrezca todas las mañanas a su bebè de pelo rizado y ojos negros, porque es una niña y ella tiene dos màs.
- Que te sirvan arroz de primero y arroz de segundo y cuando llegue el postre te den más arroz con yogur.
- Encontrar una mariposa en la cocina de la casa de tu amiga y jugar con sus hijas a dejarla posarse en tu mano.
- Montarse con 20 personas más en un auto-rickshaw de un metro cuadrado habilitado para 6 pasajeros.
- Llegar de la escuela y jugar a la Gallina Ciega con los niños y niñas del Campus mientras está lloviendo a cántaros.

sábado, 18 de junio de 2016

Los ojos de un niño

(Una amiga me pidió que le describiese a su hijo pequeño la India y esto es lo que se me ocurrió hacer. Como todos conservamos un poco la mirada de un niño, seguro que lo entendemos).


Me llamo Pavithra y voy a una escuela de niñas sordas en un pueblo del sur de la India. La India es como un triángulo enorme. Yo vivo cerca de la punta en un lugar de color tierra y naranja, muy seco. Aquí casi no llueve. Para tener agua en casa hay que ir a la fuente del pueblo y llenar un cántaro. Cuando llega el monzón (el monzón es una cosa que trae nubes negras de lluvia) aquí no deja mucha agua. Por eso a veces estamos tan cansados, porque hace mucho calor, mucho, mucho. El primer día de lluvia miramos al cielo y bailamos de alegría. Nosotros no llevamos paraguas y tampoco usamos zapatos. Bailamos en los charcos y nos mojamos el uniforme de la escuela. Lo malo de la lluvia son los mosquitos, hay muchos y muy pesados y algunos nos pican y nos ponen enfermos.

Llevo uniforme en la escuela, un vestido largo que se llama punjabi y unos pantalones de algodón. Pero cuando me haga mayor vestiré sarees. Los sarees son telas de colores, los más elegantes con hilos de plata y oro, que se enrollan en el cuerpo. Llegan hasta los tobillos, porque en mi país, no es educado enseñar las rodillas ni los tobillos si eres una mujer. Cuando sea mayor, me voy a pintar todos los días un punto rojo en la frente y llevaré pulseras de colores que suenen tintineando cuando camine y me dibujaré flores y hojas en las manos con henna (la henna es un tinte que se consigue machacando las hojas de un árbol). Mis padres me casarán con alguien que ellos consideren un buen chico, aunque yo no lo conozca, seguro que el hijo de alguno de los otros campesinos del pueblo.

Guardo el uniforme en una bolsa de viaje muy pequeña junto con el jabón, la pasta de dientes y el aceite de coco. Mis compañeras me ponen aceite de coco en el pelo por la mañana. Yo soy aún pequeña y en el colegio, donde vivo, ellas se encargan de mí cuando las ayas están ocupadas. Las ayas son las mujeres que nos cocinan, nos bañan y nos cuidan cuando estamos enfermas. Vivo en el colegio porque el pueblo donde nací está lejos lejos. Cuando mis padres vienen a verme tienen que caminar mucho rato y coger un autobús que atraviesa caminos y carreteras con baches y luego caminar otra vez. Así que no vienen mucho. Los domingos yo juego con mis amigas en el patio. Jugamos con los palos, con ruedas de neumático, jugamos al cricket con una pelota y un bate (el cricket es el deporte más famoso de mi país), corremos o pasamos un rato en los columpios. Por la noche, a veces, vemos la tele. Luego colocamos unas alfombras en el suelo y nos echamos a dormir en una habitación vacía con algunos baúles donde se guardan nuestras cosas.

Lo que más me gusta es el chocolate. Es difícil conseguir chocolate aquí porque cuesta muchas monedas de rupia. Yo nunca tengo más de una o dos rupias en el bolsillo y mis padres no pueden gastar dinero en chocolate. Aquí lo que comemos es arroz. A la mañana y a la noche y a veces también para desayunar. Lo acompañamos de sambar y papu, que son algo así como sopas de verduras muy muy picantes. Comemos con la mano derecha, sé que vosotros usáis una cosa que se llama cuchara, nosotros no sabemos cómo se come con eso. De postre casi siempre hay plátano, porque la fruta, en mi pueblo, cuesta mucho dinero, y perugu, yogur de leche de búfala. A veces tenemos que comer el plátano con cuidado de que no venga un mono y se lo lleve.

Hay muchos monos en la escuela. Son muy traviesos y les gusta robar. A mi profe una vez, cuando venía del mercado, un mono le llevó la bolsa de las sandías. Ella estaba muy enfadada, pero el mono le gritó mucho y se le pusieron los pelos de punta. Mi profe es de vuestro país. Le gusta sentarse con nosotros en el suelo y nos enseña muchos juegos. Nosotros aprendemos repitiendo las lecciones en voz alta y tenemos solo una pizarra pequeña para hacer las cuentas o dibujar cuando tenemos un rato de descanso. A ella le hemos enseñado a ella a pintar rangolis. Los rangolis son figuras de colores, triángulos, cuadrados y círculos perfectos. Los dibujamos en la pizarra y en los cuadernos, pero también en el suelo con polvo de colores cuando es fiesta en el pueblo. Los ponemos en la puerta para dar la bienvenida a los visitantes.

Hay muchas fiestas en mi pueblo porque nosotros tenemos muchos dioses diferentes. Ganesh tiene cabeza de elefante y da buena suerte. Otro es un mono, se llama Hanuman es un gran guerrero. Pero el más importante es Shiva; tiene un tridente y una serpiente alrededor del cuello. La gente reza todos los días tres veces y se pone polvillo rojo en la frente. Cuando va al templo da tres vueltas alrededor antes de sentarse a rezar. Los dioses nos protegen. Pero hay que ser buena persona. Y limpiar la casa con incienso algunas veces.

Las casas aquí son muy pequeñas, tienen una sola habitación o dos. Cuando voy a mi pueblo en vacaciones, comparto mi cuarto con mi hermana mayor, mis padres y mi abuela. Tenemos todo ordenado en estanterías, una para los trastos de la cocina, otra para la ropa, los sarees, las toallas. En el baño un agujero en el suelo y un cubo para lavarnos. Nada más. Comemos en el suelo, dormimos en el suelo. Nos juntamos a charlar sentados en el suelo, en círculo y tomamos chai (un té con especias). La puerta de mi casa está siempre abierta y a veces se acercan vecinos o parientes y hablamos de lo que nos ha pasado ayer o esa misma mañana.

No sé qué cosas hacéis vosotros. Mi profe de España me ha contado que sois muy diferentes, que coméis cosas diferentes, que vestís diferente, que vivís en casas muy altas. Pero si pudiese conoceros nos íbamos a llevar bien, porque estoy segura de que os gusta jugar, bailar y correr tanto como a mí y los helados y los animales y que mamá os dé abrazos. Así que, al final, yo creo que no somos tan distintos.

lunes, 25 de abril de 2016

Mil soles

Un proverbio hindu dice: "En el reverso de las nubes, hay mil soles".
Hay cosas que ocurren a diario que dan sentido a esta frase.
Hoy visitamos a una familia de la escuela en el barrio mas pobre de una aldea. Se que era el mas pobre porque la traductora me confirmo que alli vivian las personas de casta mas baja. Y porque la unica habitacion que tenia la casa no era mas que un almacen de 10 metros cuadrados al que se accedia por un pasillo, todo lleno de moscas por la suciedad y el desorden.
Se tambien que en el reverso de esa situacion hay una historia. Y que es una historia tierna y llena de luz y de esperanza.
Nandini es traviesa, alegre, afectuosa, abre mucho los ojos cuando escucha un nuevo sonido con sus audifonos, tiene ganas de expresarse, de hacerse entender, de jugar, de mostrarnos su casa. Su madre es una belleza india, tartamudea cuando habla, es analfabeta, se ha puesto un sari muy elegante, bindi y pendientes de fiesta, responde siempre que si, con una sonrisa condescendiente. Los vecinos vienen todos a la entrevista, se colocan en hilera junto a la casa, hablan de la Fundacion. La prima nos trae un refresco y cuando lo dejo a un lado, vuelve a ponerlo una y otra vez delante de mi para que lo tome; lee casi silabeando las recomendaciones en telugu que le dejamos en papel a la familia. Es una situacion comica, amable y embarazosa al mismo tiempo. La madre esta muy contenta, porque Nandini va a la escuela y ahora responde a su nombre cuando le llama.
La sensacion que me llevo de camino a casa es extrania. Algo tenemos que hacer mal en occidente cuando todas los cachivaches son pocos para nuestros hijos y tenemos tantas quejas de la escuela y tantas preocupaciones de futuro.
En la carretera, varios camiones llevan de vuelta a los jornaleros del campo a sus casas, despues de una jornada bajo el sol, a 44 grados. Hombres y mujeres. Algunos casi ninios. Algunos casi viejos. Al adelantarlos, observo como los chicos parecen felices, bromean, se divierten. Los viejos tienen fuerzas para sonreir y decirnos adios al pasar. Ni un gesto de fastidio al vernos dentro de un jeep con aire acondicionado, comodos y seguros.
Algo tenemos que hacer mal en occidente cuando nuestros gestos al volver del trabajo son de frustracion, cuando nos impacientamos de camino a casa, gritamos y tocamos el claxon, enfadados con el conductor de delante y miramos con recelo al emigrante, agarrando bien la cartera en un acto reflejo.
En el reverso de las nubes, hay mil soles. Asi es como yo siento la India, cada vez mas.

lunes, 21 de marzo de 2016

Supersticiones

En Maha Shivaratri que fue hace unas semanas, coincidiendo con la última Luna Nueva, los hindúes pasaron la noche sin dormir, al menos los más creyentes. Esa noche, dicen, la Luna baja a la Tierra para celebrar el amor entre Shiva y Parvati (dos de los dioses más importantes del panteón hindú). Es por eso que cualquier forma de oración o meditación es entonces más efectiva, puesto que el ser humano no está bajo la influencia de la Luna. Los practicantes del hinduismo rezan, cantan y hacen pujas en Shivaratri. Para hacer una puja hay que limpiar muy bien la casa y tomar un baño. De no ser así, sería una falta de respeto a lo divino.
Este año, la celebración de Shivaratri terminó con un eclipse de Sol de madrugada. Nadie mejor que los hindúes para explicar este fenómeno a un niño. Raji me dijo que aquella mañana una cobra se había tragado el Sol y por eso se había producido un momento de oscuridad total. Sabiendo esto, a nadie se le ocurre discutir que las horas posteriores a este acontecimiento los rayos de Sol sean perjudiciales para los seres más puros. Las vacas, las embarazadas, los niños o los ancianos no pueden salir a la calle, pero tampoco está recomendado para algunas personas según su horóscopo. Por eso, de camino a casa solo me encontré aquel día puertas cerradas y silencio en el camino en el que diariamente tengo que saludar diez o doce veces y repetir diez o doce veces que no tengo caramelos.
La Chandramama, la Luna, y Surya, el Sol, no son los únicos blancos de superstición. Tampoco las salamanquesas pueden tocarte la piel y mucho menos la cabeza. Una mañana una salamandra cayó encima de mí al abrir la puerta de casa. Una de esas grandes que casi parecen dragones. Cuando se lo conté a Raji, ella se tapó la boca presa de pánico.
- ¿Qué hiciste?- preguntó.
- Asustarme y gritar- respondí.
- Pero, ¿qué hiciste después?- insistió.
No supe qué decir. Supongo que seguiría mi vida normal, me quitaría las sandalias y encendería el ventilador de la habitación. Sin embargo, esa no era la respuesta que ella esperaba. Raji me contó que debería haberme dado un baño y haberme ungido con aceites para evitar la mala suerte. Todo muy loco.
Aquí evitan el mal de ojo dibujando a los bebés un punto negro en la frente y en la mejilla y a las personas en la palma de la mano y la planta del pie. La derecha, si eres hombre; la izquierda, si eres mujer. Y cuando estás enfermo te limpian el aura al atardecer con la tierra del camino y las hojas de una planta que no reconozco bien y que luego tienes que saltar tres veces con el sari o el lungui recogido.

Dentro de todo este lenguaje, yo tengo una superstición favorita, es el gesto sin palabras más mágico de todos, articulado únicamente por el tacto. Ese momento en que los hombres y las mujeres tocan los objetos con la mano derecha y se la llevan a la frente y al corazón, especialmente a las cosas o las personas que consideran sagradas, porque de esta manera se llenan la mente y el corazón con la energía transparente de lo divino.

domingo, 21 de febrero de 2016

Sobre la reencarnación

Aquí en el Sur de la India he visto tatuadas a muchas mujeres tres puntos en el dorso de la mano, justo en el ángulo entre el dedo pulgar y el anular. Durante muchos meses me pregunté el por qué de esta extraña costumbre. Raji me lo explicó un día. Los hindúes creen en la reencarnación en una rueda sin fin, el Samsara. El objetivo final de todo hindú es salir de la rueda, perfeccionarse, limpiar y liberar su alma.  Para los hinduistas, la vida son lecciones que aprender y lo que sucede en cada vida es resultado de las acciones de vidas anteriores. Su religión ofrece varios caminos para conseguirlo: el sendero del conocimiento interior (jnana-marga), el sendero de la acción o de los trabajos apropiados (karma-marga) y el sendero de la devoción a Dios (batí-marga). Son estos mismos senderos, simbolizados por cada uno de esos puntos, los que marcan curiosamente las diferentes disciplinas del yoga.
Si entiendes este concepto, no te parece tan extraño el carácter afable de los indios, su trabajo incansable, el vegetarianismo, las pujas y las visitas al templo, su predisposición siempre a ayudar, la sincera aceptación ante sus diferentes circunstancias y problemas o la vida de los sadhus.

- Raji, según tu religión, ¿existen otras vidas? Siempre me ha interesado mucho esta idea.
Asiente con la cabeza a la manera india.
- Entonces tú y yo hemos sido tal vez hermanas en otra vida. Por eso estoy aquí.
Me mira y noto cómo brillan sus ojos castaños. Como cuando va a decirme algo muy importante.
- Actually, Gema, no siempre nos reencarnamos en otra persona.
Rápidamente pienso en un animal que me divierta, algo en lo que pudiera reencarnarme.
- Ajá, pues si volviera a nacer me gustaría ser, por ejemplo, una lagartija.
Raji sonríe, de una manera que hace tiempo reconozco. No comprende mi humor y piensa, quizá, que no sé que reencarnarme en una lagartija sería cosa de muy mal karma.
- No, Gema, las lagartijas son muy vagas.
- ¿Y qué tiene de malo echarme a tomar el sol en alguna roca en el campo? En esta vida estamos trabajando mucho, Raji -le digo y le guiño un ojo con complicidad.
Ahora suelta una carcajada.
- No, Gema, that is not good.
- Bien, entonces, creo que ya sé lo que querría ser. Sería un árbol. Porque un árbol puede disfrutar de muchas sensaciones: la lluvia cuando cae, el viento cuando sopla. Además da sombra y cobijo a otros animales. Sí, sería un árbol con hojas verdes que brillaran al sol y con raíces fuertes. ¿Y tú?
- Yo sería un pájaro, Gema. I want freedom.
Ha entendido que estaba hablando de una reencarnación muy diferente a aquella de la que habla su cultura.
- No sería una mala opción. Uno que pudiera volar a lugares distintos lejos de aquí.






lunes, 8 de febrero de 2016

Una rata y un bebé

Una rata muerta en el porche de mi casa y un bebé en mis brazos en una secuencia atropellada de acontecimientos.
La vida y la muerte están presentes cada instante en la India. Las risas de los niños jugando alrededor de sus abuelas, arrugadas y roñosas, tumbadas en somieres también roñosos.
-         Chocolat, chocolat.
-         Namasté, akka, tinava? (¿Comiste, hermana?)
El sabor de un caramelo y arroz con verduras al curry en medio de la suciedad y el hedor de la basura que flanquea el camino. Cerdos o jabalíes, no sabría decirlo.

El estómago revuelto, la rata tiesa, con una dentellada en el torso, el sol intenso y tan cerca, el bebé silencioso, frágil, con sonrisa de comodidad, en mis brazos.
-         Akka, peru? (¿Su nombre?)
-         No, madame.
Aún sin un nombre. Los bebés no reciben un nombre las primeras semanas, como si aún no existieran. Están esperando a ganarse un hueco en este mundo.

Por la noche un cielo estrellado y luminoso que contrasta con tanta oscuridad en los pasos. Silencio. Ladridos. El sonido de los grillos.
-         I love this sound.

La India es sórdida, sucia y terrible al mismo tiempo que pura y transparente, bella.
El pequeño barrio en el que vivo también es así.

Todos los días se suceden imágenes de tristeza, de pobreza, de religiosidad y superstición, de amor, se me acercan princesas en uniforme de escuela, me cuentan problemas y más problemas (So it is life, Gema), estafas, sueño con danzas y canciones de cascabeles, duelo, el bramido de las motos, accidentes de tráfico, perros rabiosos y perros que mueven el rabo buscando cariño cuando te acercas, hombres pastoreando, cabras, matorrales y tierra seca, casas de adobe y paja pintadas de colores, columpios de tela en las ramas de los árboles. 

Así que es normal de vez en cuando llorar por la India.

Y otras veces bailar. Casi sin querer.

lunes, 1 de febrero de 2016

Lo que más me gusta de la India son los atardeceres rojos

Lo que más me gusta de la India son los atardeceres rojos.
Los atardeceres rojos con un sol redondo en el horizonte. La luz que se cuela por la ventana.
Después de un atardecer rojo viene la noche, los pueblos con casas de colores y luces en el porche. Las pequeñas puertas de madera con rangolis en el umbral, abiertas de par en par, y los retazos de vidas que puedes imaginar viendo las escenas que se suceden dentro: mujeres cocinando, familias, amigos charlando, sentados en círculo en el suelo, la televisión puesta, niños jugando descalzos, chicas cepillándose una melena larga y negra, hombres colocándose el lunghi después de una jornada de trabajo.

Antes de un atardecer rojo de domingo puede haber una tarde de salpicarnos de agua y risas en un templo escondido entre pequeñas montañas de piedra caliza. Saddhus mendigando, todos con sus uniformes de color azafrán. Los pies descalzos sobre el suelo ardiendo y la resonancia de la campana de un templo purificando el aire. Niñas que se estiran para alcanzar a tocar el badajo.

Lo que más me gusta de la India es ver despertar los pueblos. Los arrozales. Ese momento en el que aún hay silencio y solo se escucha a los santones cantando en los templos. Las jarras de agua de colores sobre el costado de las mujeres. La tela de los saris tendidos al sol. El olor del picante en la cocina de la escuela antes de la comida. La luz de las velas en los templos. Los grillos. 
 

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Boda de domingo

-         In Spain different-different- le digo a mi amigo.
Me ha invitado a la boda de su hermana y la primera impresión, la primera imagen que recibo es la de un rostro lleno de temor detrás de tanto colorismo y tantas flores. Su hermana que me mira y me sonríe con complicidad, aunque apenas hemos cruzado unas palabras la semana anterior. Siento que me conoce más a mí que al hombre que tiene a su lado y con el que va a compartir el resto de su vida.
-         Here first marriage, then love. If love. In Spain first love, then marriage. Then get divorce, if problems.
Él me mira con la misma sonrisa con la que nos ha recibido a la entrada del templo por la mañana y no sé si me ha entendido o si sólo está sonriendo por la forma que tengo de comer el arroz con las manos.
En India los matrimonios son concertados en un tanto por ciento muy elevado. Los padres buscan un marido para sus hijas cuando estas tienen edad de casarse y consultan con el astrólogo la adecuación del elegido, así como la fecha y la hora.
Quien elige casarse por amor es a veces repudiado por su familia.
La mujer no ve al hombre antes del día del matrimonio. Es el hombre quien debe confirmar si ella le gusta.
-         My family is very happy- me afirma él.
Y entiendo que sí, que tal vez pueda funcionar. Que el arreglo se hace con el convencimiento de que los novios serán felices.
- You take care of her- le digo al hombre que han casado con mi amiga. Porque en ese momento se convierte en mi amiga. En mi hermana. No sé qué extraño lazo me une a ella. Pero de repente siento que existe y tengo miedo yo también. Tal vez por toda la idiosincrasia que hay detrás de esta institución, por el poco valor que tiene la mujer en India, la escasa capacidad de decisión, la identidad robada por el padre, primero, luego por el marido.
Al rato, me acude a la cabeza esa pregunta frecuente: ¿El nombre de tu padre? A veces me dan ganas de repetir mi nombre, porque es el que es y decir que qué le importa a él o ella el nombre de mi padre si no está aquí.
- But I respect your traditions- apostillo, porque no quiero herir a mi amigo ni hacer un juicio de valor sobre lo que no he experimentado, lo que no conozco con profundidad, lo que no entiendo.
Y él sigue sonriendo. Y no sé si lo hace porque no me entiende o porque se ha dado cuenta de que el arroz tiene demasiado picante y estoy empezando a ponerme colorada.

martes, 10 de noviembre de 2015

Akkas

Los campesinos y trabajadores se encuentran en la base del sistema de castas de la India sólo por encima de los parias (dalits), dedicados a las labores de limpieza y los trabajos peor considerados (incineraciones, manipulación de excrementos..).
Existen reglas de comportamiento estrictas que limitan a las personas que corresponden a una determinada casta, de manera que cada quien tiene su papel en la sociedad y no puede cambiarlo. Cada casta tiene su religión y su oficio. Hay infinidad de subcastas dentro de las principales definidas en el Rig-Veda: sacerdotes o brahmanes, guerreros o kshatriyas, comerciantes o vaishas, campesinos o sudras y dalits o intocables. Aunque la ley abolió toda discriminación basada en el sistema de castas, aún hoy día perviven las costumbres ligadas a esta jerarquía en la vida cotidiana.
Afortunadamente, aquí en Anantapur, la Fundación ha hecho un trabajo excelente para mejorar la vida de los parias y los grupos tribales. Las akkas, encargadas de las labores de limpieza, cuidado y servicio en el Campus, corresponden a una de las castas más bajas e impuras. Sin embargo, yo no los veo un color diferente. Y si de verdad es el kharma lo que determina una mejor reencarnación, la bondad que transmite esta gente les llevará a la cúspide de la pirámide.

1
Comenzaron a decirme sus nombres. Nalama, Kantama, Kalama, Shivama. Me pregunté por qué todas tenían un nombre que terminaba de la misma forma. No era noche Luna Llena, pero me habían prometido ponerme henna en las manos. Me dibujaron un redondel en la palma de la mano, con una pasta fresca y pringosa. Estábamos todas sentadas en el suelo y ellas parloteaban en telugu. Me explicaban las razones de aquella tradición. Es bueno para la salud. Y un atributo de belleza en India. Me quitaron las sandalias y también me pusieron henna en los pies. Luego nos tumbamos boca arriba para ver las estrellas y ellas seguían charlando y yo respondía undi, ledu-ledu, concham. Y les recordaba que me daban miedo las serpientes, que no fueran a dejarme sola allí. Se reían. Era un círculo de mujeres. De edades heterogéneas. Y yo había entrado en él a través de aquel ritual. En ese momento dejé de ser la madame a la que servían el desayuno y la cena y me convertí en una más.

2
Me imita siempre cuando hablo. Nunca ha tenido ninguna vergüenza. Se ríe a carcajadas. Es feliz. Y curiosa. Nos mira cuando trabajamos a través de la ventana. Hace su trabajo con amor. Incluso la forma que tiene de cortar las verduras es amable.
El sábado tuve un ataque estomacal y me tumbé en la alfombra del aula debajo del ventilador para descansar un poco. Ella apareció de repente, sin haberle llamado y me pidió que me tumbara boca abajo. Amama masagge pillola. Entendí algo como que su abuela le había enseñado una técnica ayurvédica cuando era niña para mejorar los dolores de estómago.
Me masajeó las lumbares y me pellizcó la columna con cuidado y los brazos y piernas de un modo ágil y rápido. Unos minutos después yo había recuperado el color.
- Tú, chamana- le dije.
Y se partía de risa.

3
Les dijo que venía de Kalyandurg, que era médico. Le preguntó a la más viejita por qué respiraba con tanta dificultad. Le prometió auscultarle después de la cena. Una tras otra fueron entrando a la noche en casa, consultándole todas sus dolencias a mi amiga y convirtiendo mi habitación en una sala de urgencias. 

4
Le dije que su sonrisa era very nice. Le aclaré. Mucho más guapa cuando tú ríes. Y acompañé las palabras en castellano con un par de gestos referenciales. Ahora no deja de sonreír cuando me ve. Con unos dientes blanquísimos. Hoy me regalado un semi-abrazo (uno completo es casi imposible en esta cultura) y después me ha dicho:
-         Akka, ledu. Raji.
A lo que yo he respondido con una sonrisa plena de satisfacción.
-         Madame, ledu. Gema.




viernes, 6 de noviembre de 2015

Lo que te contaría tomando un café

Lo que te contaría tomando un café son cosas pequeñas.

Las cosas pequeñas que me pasan aquí a veces tienen que ver con bichos pequeños. Un par de veces me he cogido pulgas, te diría; lo mejor para la picazón es el bálsamo de tigre. Me dirías que has usado el de color rojo, que alguien te lo recomendó para los dolores musculares. Pero este es blanco y lo encontrarías en cualquier farmacia, respondería yo.
Seguiría con los piojos. Me quejaría de que todos los días me paso la liendrera después de la ducha. Que hoy le pedí a la akka si podía comprobar que tenía el pelo limpio, porque el otro día me saqué un piojo. La akka que significa “hermana mayor”, te aclararía, es quien se encarga de las niñas en la escuela, limpia y cocina. Me ha dicho que me ponga henna en el pelo para matar los piojos. Tú me dirías que mejor vinagre, que me coloque luego una bolsa de plástico en la cabeza y me la deje un rato. Imagínate la fotografía del momento.
Como curiosidad te explicaría también que las arañas saltan, que hay sapos enanísimos, que he visto un par de mantis religiosas y que me unto de Relec mañana, tarde y noche.

Lo que te contaría tomando un café tiene que ver con el lenguaje y la comunicación.

Te diría que ya sé contar hasta diez en telugu. Okati, rendu, mudu, nalugu, aidu. Te diría que sé contar hasta diez, pero sólo contaría hasta cinco. Te comentaría cuál es mi palabra favorita en lengua de signos. La reproduciría. Comenzaría bajo los labios y luego llevaría la mano hacia la derecha moviendo los dedos como si fueran olas para decir color. A propósito, mencionaría que España se dice señalando el corazón, por el amor que le tienen al padre Vicente. Refunfuñando accedería también a decirte que mi signo es uno que señala la nariz, que por poco que me guste es mi rasgo más característico y que aquí a todos les encanta. Repetiría la conversación modelo que tengo con la gente de mi entorno. Que soy logopeda en la Escuela Primaria. Que mis padres están en España. Que aún no estoy casada, no, pero tengo un hermano que sí lo está. Que tiene dos bebés. Que son gemelos. Que no estoy casada por qué. Que mi estómago va mejor. Que me quedo un tiempo largo. Te partirías de risa cuando te contara que a veces me pongo a hablar con ellos en español y ellos me responden en telugu y que así podemos estar unos minutos entendiéndonos a medias. Sería algo así como
YO: bla-bla-bla
INDIO: kalarra kalakala kalama.
YO: ahhhh, kalama, ok, bla-bla.
INDIO: kalama, naaaa?
YO: na.

Si me tomara un café contigo te hablaría de mi barrio.

Del Beauty Parlour, el centro de Belleza, que hay de camino a la escuela. De la mujer que me hace las cejas con hilo y que no tiene ninguna visión de empresa abriendo un negocio en medio de la nada. Del sillón de dentista que aún tiene envuelto en papel de embalaje en la pequeña habitación donde te atiende. De que se cambia las gafas tres veces para ver si te ha hecho bien la depilación. Te hablaría también de la peluquería “Cortar y peinar” que han abierto frente a Main Campus. Te contaría que mi vecina deja la puerta de casa siempre abierta, que lo que le da miedo es cerrarla y quedarse sola dentro. Te hablaría del hombre de lungui en el kiosko junto a Main Campus, que en la puerta de atrás guarda cervezas en una heladera, que tiene 70 años sin arrugas en la frente y un hijo que me trae a casa en rickshaw. Y del trabajador de la escuela que se encarga de mi bicicleta, de llevarla al taller, que me ha comprado un llavero horterísimo para el candado.

Si me tomara un café contigo, me callaría y saborearía la taza de café; te diría que me sabe intenso y delicioso, porque aquí no se toma. Y que bebo leche de vaca recién ordeñada por la mañana. Que el otro día me presentaron a la vaca en cuestión y le dije “Namasté” muy educadamente. Pero me contestó “ambaaaa” que es como mugen aquí las vacas.


Estaríamos toda la tarde charlando. Una cosa tras otra, pequeñas cosas, según como se mire. Te diría de la India que tiene mil caras. Te invitaría a otro café para explicártelo.

viernes, 16 de octubre de 2015

Sensaciones

En Andra, el olor de la vegetación es diferente. El olor de la cocina es diferente. Huele a curry y a pan de maíz.
El aire es pesado, el calor pegajoso, la lluvia suena como un instrumento musical y no cala la piel.
Las mujeres, las niñas también, llevan polvos de talco en la cara. Los hombres llevan todos bigote.
Los chicos juegan conmigo a voley cada tarde con los pies descalzos y en el comedor se sientan en el suelo y comen con las manos. Arroz por la mañana, arroz por la tarde, arroz por la noche.Comer es tan importante que no preguntan ¿qué tal?, sino ¿has comido ya?
Un hindi, kohl en los ojos, pendientes largos, henna en el pelo, un pendiente en la nariz y un sari son algunos ingredientes que hacen a una mujer bella.
Sonríen. Siempre. Pero eso no significa que les guste vivir en la India.
El ritmo está enlentecido.
En India, la sociedad está jerarquizada. Mucho. El guarda se levanta de la silla cuando salgo o entro en el Campus. Y me llaman Madame.
En las escuelas no hay aprendizaje significativo y los niños y las niñas, también las niñas, afortunadamente, cantan las lecciones como papagayos.
El sol es intenso. En la ciudad y en el campo. El olor a podrido es intenso junto a los ríos.
Las vacas pasean a sus anchas por la ciudad. Los cerdos pasean a sus anchas por el campo. La carne de cerdo se reserva para las castas más bajas. La carne de vaca no se puede comer.
Los niños corren hacia mí cada mañana por los caminos del pueblo, ríen, me dan la mano y los buenos días. Chocolat, chocolat, gritan.
La muerte es una visitante frecuente. La gente muere porque no tiene recursos para pagar sus tratamientos. La gente muere porque enferma de malaria y no acude al hospital. La gente muere porque apenas hay agua y sin agua no hay vida. En los meses de calor, niños y ancianos enferman y se deshidratan.
Las mujeres se pintan la Luna Llena en la palma de la mano. Los hombres llevan falda. O lunghi.
Los hombres trabajan en el campo. Las mujeres trabajan en el campo. Las mujeres trabajan en la casa.
Hay una centena de especies diferentes de serpientes, incluida la cobra imperial. Lunes, en lengua de signos, se dice serpiente. Morir por una picadura de serpiente anuncia una reencarnación favorable.
En la India no hay peluqueros. El pelo de las mujeres se lleva a los templos como ofrenda a los dioses para recibir su bendición.
Hay más de cien dioses y cien nombres largos e impronunciables en la mitología. Y varios libros épicos. Hay sonidos del telugu que mi oído no discrimina.
En Andra, la noche es inquietante. Pero la vida se abre paso.

Momento a momento.

miércoles, 7 de octubre de 2015

Lluvia

Anantapur es una región muy árida. El monzón nunca favorece a este distrito, se equivoca de fechas y no llega a tiempo de la cosecha, se ausenta en ocasiones. No llueve en un perímetro concreto alrededor de la ciudad; se trata, por sus condiciones geográficas, de algo como un microclima. El calor es insoportable ya en estas fechas y por si fuera poco, en abril y mayo hay diariamente unos 40º y la temperatura puede superar los 45º. “El agua es vida” me aseguraba el otro día un conductor de la Fundación (y sin embargo, el agua trae más dengue, pensaba yo). Los depósitos se llenan, se alimentan los campos y uno puede calmar la sed.

Lo primero que hizo Vicente Ferrer cuando llegó a Anantapur fue cavar pozos y trabajar con los agricultores, puesto que estos representan el 75% de la población y el clima tiene un impacto muy importante sobre su difícil desarrollo. Aún hoy sigue existiendo un proyecto agroecológico en la Fundación para la construcción de tanques y presas, la promoción de energías alternativas y de métodos de riego por goteo y aspersión y la reforestación del suelo con árboles frutales. Además los agricultores de las zonas rurales acuden a la ciudad a recibir formación para poder trabajar el suelo con el mayor aprovechamiento de los recursos.

Desde que estoy aquí ha habido monzón un día tras otro, siempre cuando llega la noche. La lluvia cae y forma ríos de agua y enormes charcos que hacen sonar las gotas con un tintineo especial. No es igual la lluvia en India, la lluvia en la montaña o la lluvia de Madrid. Que haya llovido tanto desde mi llegada debe de ser un buen presagio.

viernes, 2 de octubre de 2015

Mujeres y saris

Las mujeres con sus saris ponen alegría a la India más gris con telas de seda brillantes y vistosas. Sin embargo, ser mujer en India no es para vestir de colores. Uno puede imaginarse cuánto vale una mujer cuando descubre que está prohibido dar a conocer el sexo del bebé a los padres para evitar abortos provocados y el infanticidio femenino. El mejor destino que puedes imaginarte como mujer es el matrimonio, concertado en el 80% de los casos, sobre todo en el ámbito rural. La mujer tiene valor solo al lado de un hombre, como bien económico y como madre; si un matrimonio no tiene hijos, la culpable es siempre ella y el hombre suele tomar a la hermana pequeña de esta como segunda esposa. Si una mujer se queda viuda pierde valor social y es marginada. Aunque hay leyes que lo prohiben, siguen existiendo acuerdos monetarios en relación con la dote que los padres ofrecen en los matrimonios concertados. El acceso a la educación, la sanidad y la economía están si no vetados, obstaculizados para las mujeres, de manera que el cambio está aún lejos, a pesar de las leyes que el Gobierno indio lleva implantando las últimas décadas luchando contra las desigualdades. La discapacidad es un problema añadido. Las mujeres discapacitadas son más vulnerables a sufrir abusos de parte de los hombres de sus familias y ni siquiera son presentadas a la sociedad. Son invisibles. Si consiguen un trabajo, a veces facilitado por Ong como la Fundación Vicente Ferrer, entonces, su cotización aumenta y tienen más posibilidades de que las pidan en matrimonio, si bien a veces con hombres mayores.
Sin embargo, y a pesar de que esta es una de las peculiaridades de la India que más me cuesta afrontar sin enfadarme, en ocasiones, puedo ver la semilla del cambio. Rajeswari, la logopeda de la escuela de Bukaralla de la Fundación, es viuda. No sé de dónde sacó la fuerza para irse sola a Bangalore, dejar a sus hijos con sus padres dos años después de la muerte de su marido y estudiar Hearing and Audition para tener otra vida. Y Suda, que tuvo polio de niña y tiene problemas de movilidad, está casada, trabaja como profesora de ciegos y tiene dos niños preciosos, uno de ellos con una daño neurólogico que ella dice, es un regalo de los dioses. Si le miras un segundo y esperas a ver su sonrisa no dudas de que lo que ella dice es cierto. 

sábado, 26 de septiembre de 2015

La bicicleta

Lo primero que uno descubre en cualquier ciudad de la India es que hay un orden dentro del caos. Rickshaws, bicicletas, motos, 4x4, coches… forman parte de un denso y loco tráfico a cualquier hora del día. Cruzar, concham-concham, como ellos dicen, despacio y dejándote ver, es un riesgo y un acto de fé. Las bocinas suenan constantemente, te adelantan a la derecha y a la izquierda y se respira aire contaminado. Por supuesto, no hay semáforos ni señales de Ceda, control de velocidad o stop.
Y no se me ocurre otra cosa que hacerme con una bicicleta para moverme en esta jungla.