martes, 20 de septiembre de 2016

Pooja

Mi vecina Adyama, la cabrera, me ha adoptado. Quién sabe por qué extraña razón hace numerosos intentos de enseñarme telugu y de acercarme a sus tradiciones. Domingos y festivos he de pasar por su casa a tomar chai o a comer arroz o dulce.
Hace algunas semanas me llevó con ella al templo que hay al otro lado de la carretera en el pueblo. Me pidió que me duchara y sobre todo que me lavara la cabeza antes de ir. Me trenzó el pelo y me puso flores en el coletero.
El lunes la pooja o bendición que se hace a Shiva es especial. Es el día de la cobra y la cobra es el símbolo de Shiva. Un coco, flores de jazmín, incienso y hojas de betel son ofrenda suficiente. Durante la pooja la gente se arremolina alrededor del altar mientras los sadhus dibujan círculos alrededor de la imagen del dios, rompen los cocos y encienden fueguitos. Suenan campanas, tambores y platillos, tan fuerte que te invaden por completo y aceleran el ritmo cardíaco.
Casi siento el fuego en la piel cuando acerco las palmas, pero no quema. Luego por tres veces llevo las manos a los ojos cerrados y siento el calor en los párpados. Es extraño, pero agradable.
Solo con mi mano derecha puedo recoger de vuelta algunas de las ofrendas que se han bendecido durante la pooja y seguidamente doy con Adyama la vuelta al templo varias veces siempre en el sentido de las agujas del reloj.
Lo que más me gusta de los templos hindúes son los árboles sagrados. El que hay en este templo tiene un tronco robusto rodeado de cordones y lazos de colores, con bangles que cuelgan de algunos de ellos. Aquel lunes además quedaba al abrigo de la luna dibujando cálidas sombras.
Allí nos sentamos Adyama y yo comiendo garbanzos que un sadhu de lunghi blanco nos dio al salir del templo. Una anciana con el rostro cubierto de ásperos surcos y los ojos llenos de telarañas se sentó con su vara junto a mí y me dio la mano.  Con la sonrisa desdentada y el sari colgando sobre sus huesos frágiles me acarició la cara.
- Ma papa- me ha dicho, algo así como "mi pequeña", en telugu.
Yo le toqué la cara y me llevé la mano al corazón, como hacen los hindúes cuando se acercan a las cosas sagradas. No hay gesto que más me guste de su religión.
Adyama me dijo después que es una de las mujeres más ancianas y más sabias del pueblo.


martes, 2 de agosto de 2016

Un día

... alguien te abrazará tan fuerte que todas tus partes rotas se juntarán de nuevo.

Cierta vez un demonio llamado Hyraniaksha arrastró la tierra hasta las profundidades del mar. Vishnu adoptó la forma de un jabalí, se zambulló en las aguas, mató al demonio y rescató a la tierra. En cuanto Vishnu se elevó desde el fondo del mar, abrazó la tierra apasionadamante haciendo que este abrazo la quebrara, de esa manera se formaron las montañas. Bhagabata Purana

viernes, 29 de julio de 2016

Flor de loto (2)

Ayer hablaba de la flor de loto. Y de la vida que se abre paso en la India. Que nunca se detiene.
Muchas veces me ha sorprendido aquí la resiliencia con la que las personas afrontan situaciones terribles. Una chica con discapacidad de los talleres que, a falta de medios para desplazarse, se arrastra por el suelo y te pide paso con una indestructible dignidad. La fuerza de las mujeres que llevan los materiales de construcción sobre la cabeza a 45 grados de temperatura. La manera desenfadada como Adyama me cuenta las tres veces que le ha picado un escorpión o me habla de la mordedura de serpiente (con las secuelas neurológicas que ello puede suponer y que ella tiene la fortuna de no haber padecido). La luz en los ojos de aquella viejita, coja y achaparrada, que me tomó de las manos una tarde junto a la carretera.
Muchas veces me ha sorprendido esa fuerza vital que los empuja. En Europa obviamos la vida, la existencia. Aquí la vida no da tregua y lo que se obvia es la muerte.
Así que hablando nuevamente de la flor de loto, me pregunto si su belleza no parece más verdadera porque se enfrenta a la suciedad y al sufrimiento. O porque precisamente nace de ella. "You cannot grow lotus flowers on marble. You have to grow them on the mud" dice Thich Nhat Hanh "Without mud you cannot have a lotus flower. Without suffering, you have no ways in order to learn how to be understanding and compassionate"  Es posible entonces que no se encuentre la misma belleza dentro de un jardín. Que no puedan crecer flores con la misma delicadeza que una flor de loto.
Yo siento que el ser humano es capaz de brillar en cualquier parte del mundo. Que "somos fueguitos" como decía Galeano. Pero quizá es solo cuando el alma está tan cerca del sufrimiento y la pena que puede transformarse en algo tan puro, tan bello, tan noble.


miércoles, 27 de julio de 2016

Flor de loto

La flor de loto es uno de los símbolos nacionales de India. Representa la belleza, el crecimiento espiritual, la renovación. Los propios dioses hindúes emergen de esta flor.
El otro día observé que el hombre que recoge la basura en Main Office llevaba una flor de loto en el manillar de su bicicleta. Muy blanca. María me contó que el loto nace en el barro, sus pétalos se abren durante el día y se cierran a la noche para mantenerse limpia y pura.
Que esta flor sea el símbolo de la India no me parece nada raro. A veces digo que este lugar es como un tesoro enterrado en una gran moñiga de vaca sagrada. Para encontrar toda su belleza hay que ensuciarse las manos. Pero si lo haces, si prestas atención y si tienes paciencia, encuentras los atardeceres, las risas de los niños, el tacto de los saris, la generosidad, el gesto cansado pero firme de los ancianos, la inocencia, los templos escondidos, la resonancia de una campana, la simplicidad, una naturaleza salvaje, silencio en medio del caos, supersticiones mágicas, cooperación, colores intensos, el tintineo de unos cascabeles en los pies, la lluvia del monzón, mariposas en las manos, la vida que se abre paso.



sábado, 25 de junio de 2016

Pequeñas cosas cotidianas extraordinarias


- Llegar del mercado de la fruta y que un mono te robe la bolsa de sandías y te enfades mucho. Llamarle cabrón. Que se le pongan los pelos de punta y te grite. Que se lleve tu sandía.
- Encontrar una mantis en el porche de casa y que te mire frente a frente con ojos grandes de alienígena.
- Atravesar una calzada sin carriles con rickshaws y motos y bicicletas paso a paso, despacio y sin sobresaltos, mientras el tráfico te esquiva.
- Tener que avisar al vecino de que tienes una culebra en casa de pequeño tamaño, pero aspecto poco amigable.
- Que te cornee una vaca mientras paseas por la ciudad.
- Enrollarte en una tela de saree para acudir a una fiesta y enjoyarte como una princesa.
- Que los niños del pueblo corran detràs de tu bicicleta haciendo rodar con un palo ruedas de neumàtico y riendo a carcajadas.
- Que la vecina te ofrezca todas las mañanas a su bebè de pelo rizado y ojos negros, porque es una niña y ella tiene dos màs.
- Que te sirvan arroz de primero y arroz de segundo y cuando llegue el postre te den más arroz con yogur.
- Encontrar una mariposa en la cocina de la casa de tu amiga y jugar con sus hijas a dejarla posarse en tu mano.
- Montarse con 20 personas más en un auto-rickshaw de un metro cuadrado habilitado para 6 pasajeros.
- Llegar de la escuela y jugar a la Gallina Ciega con los niños y niñas del Campus mientras está lloviendo a cántaros.

sábado, 18 de junio de 2016

Los ojos de un niño

(Una amiga me pidió que le describiese a su hijo pequeño la India y esto es lo que se me ocurrió hacer. Como todos conservamos un poco la mirada de un niño, seguro que lo entendemos).


Me llamo Pavithra y voy a una escuela de niñas sordas en un pueblo del sur de la India. La India es como un triángulo enorme. Yo vivo cerca de la punta en un lugar de color tierra y naranja, muy seco. Aquí casi no llueve. Para tener agua en casa hay que ir a la fuente del pueblo y llenar un cántaro. Cuando llega el monzón (el monzón es una cosa que trae nubes negras de lluvia) aquí no deja mucha agua. Por eso a veces estamos tan cansados, porque hace mucho calor, mucho, mucho. El primer día de lluvia miramos al cielo y bailamos de alegría. Nosotros no llevamos paraguas y tampoco usamos zapatos. Bailamos en los charcos y nos mojamos el uniforme de la escuela. Lo malo de la lluvia son los mosquitos, hay muchos y muy pesados y algunos nos pican y nos ponen enfermos.

Llevo uniforme en la escuela, un vestido largo que se llama punjabi y unos pantalones de algodón. Pero cuando me haga mayor vestiré sarees. Los sarees son telas de colores, los más elegantes con hilos de plata y oro, que se enrollan en el cuerpo. Llegan hasta los tobillos, porque en mi país, no es educado enseñar las rodillas ni los tobillos si eres una mujer. Cuando sea mayor, me voy a pintar todos los días un punto rojo en la frente y llevaré pulseras de colores que suenen tintineando cuando camine y me dibujaré flores y hojas en las manos con henna (la henna es un tinte que se consigue machacando las hojas de un árbol). Mis padres me casarán con alguien que ellos consideren un buen chico, aunque yo no lo conozca, seguro que el hijo de alguno de los otros campesinos del pueblo.

Guardo el uniforme en una bolsa de viaje muy pequeña junto con el jabón, la pasta de dientes y el aceite de coco. Mis compañeras me ponen aceite de coco en el pelo por la mañana. Yo soy aún pequeña y en el colegio, donde vivo, ellas se encargan de mí cuando las ayas están ocupadas. Las ayas son las mujeres que nos cocinan, nos bañan y nos cuidan cuando estamos enfermas. Vivo en el colegio porque el pueblo donde nací está lejos lejos. Cuando mis padres vienen a verme tienen que caminar mucho rato y coger un autobús que atraviesa caminos y carreteras con baches y luego caminar otra vez. Así que no vienen mucho. Los domingos yo juego con mis amigas en el patio. Jugamos con los palos, con ruedas de neumático, jugamos al cricket con una pelota y un bate (el cricket es el deporte más famoso de mi país), corremos o pasamos un rato en los columpios. Por la noche, a veces, vemos la tele. Luego colocamos unas alfombras en el suelo y nos echamos a dormir en una habitación vacía con algunos baúles donde se guardan nuestras cosas.

Lo que más me gusta es el chocolate. Es difícil conseguir chocolate aquí porque cuesta muchas monedas de rupia. Yo nunca tengo más de una o dos rupias en el bolsillo y mis padres no pueden gastar dinero en chocolate. Aquí lo que comemos es arroz. A la mañana y a la noche y a veces también para desayunar. Lo acompañamos de sambar y papu, que son algo así como sopas de verduras muy muy picantes. Comemos con la mano derecha, sé que vosotros usáis una cosa que se llama cuchara, nosotros no sabemos cómo se come con eso. De postre casi siempre hay plátano, porque la fruta, en mi pueblo, cuesta mucho dinero, y perugu, yogur de leche de búfala. A veces tenemos que comer el plátano con cuidado de que no venga un mono y se lo lleve.

Hay muchos monos en la escuela. Son muy traviesos y les gusta robar. A mi profe una vez, cuando venía del mercado, un mono le llevó la bolsa de las sandías. Ella estaba muy enfadada, pero el mono le gritó mucho y se le pusieron los pelos de punta. Mi profe es de vuestro país. Le gusta sentarse con nosotros en el suelo y nos enseña muchos juegos. Nosotros aprendemos repitiendo las lecciones en voz alta y tenemos solo una pizarra pequeña para hacer las cuentas o dibujar cuando tenemos un rato de descanso. A ella le hemos enseñado a ella a pintar rangolis. Los rangolis son figuras de colores, triángulos, cuadrados y círculos perfectos. Los dibujamos en la pizarra y en los cuadernos, pero también en el suelo con polvo de colores cuando es fiesta en el pueblo. Los ponemos en la puerta para dar la bienvenida a los visitantes.

Hay muchas fiestas en mi pueblo porque nosotros tenemos muchos dioses diferentes. Ganesh tiene cabeza de elefante y da buena suerte. Otro es un mono, se llama Hanuman es un gran guerrero. Pero el más importante es Shiva; tiene un tridente y una serpiente alrededor del cuello. La gente reza todos los días tres veces y se pone polvillo rojo en la frente. Cuando va al templo da tres vueltas alrededor antes de sentarse a rezar. Los dioses nos protegen. Pero hay que ser buena persona. Y limpiar la casa con incienso algunas veces.

Las casas aquí son muy pequeñas, tienen una sola habitación o dos. Cuando voy a mi pueblo en vacaciones, comparto mi cuarto con mi hermana mayor, mis padres y mi abuela. Tenemos todo ordenado en estanterías, una para los trastos de la cocina, otra para la ropa, los sarees, las toallas. En el baño un agujero en el suelo y un cubo para lavarnos. Nada más. Comemos en el suelo, dormimos en el suelo. Nos juntamos a charlar sentados en el suelo, en círculo y tomamos chai (un té con especias). La puerta de mi casa está siempre abierta y a veces se acercan vecinos o parientes y hablamos de lo que nos ha pasado ayer o esa misma mañana.

No sé qué cosas hacéis vosotros. Mi profe de España me ha contado que sois muy diferentes, que coméis cosas diferentes, que vestís diferente, que vivís en casas muy altas. Pero si pudiese conoceros nos íbamos a llevar bien, porque estoy segura de que os gusta jugar, bailar y correr tanto como a mí y los helados y los animales y que mamá os dé abrazos. Así que, al final, yo creo que no somos tan distintos.

martes, 24 de mayo de 2016

Cómo comerte una tableta de chocolate

El pequeño se despidió de su abuela en el borde de la carretera. Antes ella le había metido en la mochila deshilachada una botellita de agua y una tableta de chocolate.
Para que nos entendamos, las tabletas de chocolate son lingotes de oro en esta región. Es difícil y caro encontrar un buen chocolate. Así que es un regalo excelente. No entiendo cómo el niño no saltó de alegría cuando vio lo que su abuela le estaba guardando para el viaje. Pero más tarde sí comprendí su valor.
La primera vez que sacó la tableta de la mochila, acarició el envoltorio con las manos y la dio dos o tres vueltas para medir bien sus dimensiones. Enseguida la volvió a guardar y estuvo mirando un rato por la ventana. Había puesto la mochila en su regazo y a veces me observaba de reojo con cierta extrañeza. 
Para que nos entendamos, el autobús a Kalyandurg no tiene gran afluencia de "english woman" (como ellos nos dicen). Tal vez fuese la primera vez que veía a una extranjera.
La vez siguiente sacó la tableta y abrió el envoltorio por un extremo con mucho cuidado. Luego se lo acercó a la nariz y olió durante unos segundos el paquete abierto. Para mi sorpresa, lo cerró y volvió a guardarlo.
Casi diez minutos después volvió a sacar el chocolate de la mochila, lo abrió con cuidado para no romper el papel, cogió una pequeña onza y le pegó un lametón. Miro el cuadrado perfecto que había partido; al momento, este se empezó a deshacer por el calor entre sus dedos. Mordió una esquina de aquel trozo y empezó a masticar lentamente. Aquella onza pegajosa ocupó la mitad de su trayecto en autobús; lo miraba embelesado y lo saboreaba con deleite. Nada distraía su atención. 
Para que nos entendamos, por entonces yo me había zampado ya un paquete de galletas y un plátano y me había bebido la mitad de mi botella de agua.
Cuando terminó, el niño cerró el paquete y lo guardó en su mochila y se le dibujó una sonrisa redonda en los labios manchados de chocolate. Enseguida le di un kleenex que llevaba en mi bolso. El lo cogió y me miró interrogante.
- Dirty mouth- le dije- With chocolat.
El chupeteó con la lengua todo el cerco de chocolate alrededor de la boca y se guardó el pañuelo intacto en el bolsillo del pantalón.
- Thank you- me dijo educadamente.